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En momentos en que la inseguridad gana titulares en los diarios y día a día retroalimentamos nuestros mecanismos de defensa influidos por las noticias policiales que reproducen los medios de comunicación, es bueno decir que la buena gente continúa existiendo sobre la faz de la tierra.
No es noticia, es sabido pero hoy siento que vale la pena decirlo, escribirlo, expresarlo. Soy de los que piensa que no queda más remedio que poner rejas pero no se puede salir pensando en que quizás sea uno objeto de rapiñas y hurtos.
He comprobado también, en situaciones de emergencia –quizás no tanto, pero sí en situaciones que necesité ayuda—que los buenos samaritanos existen. Son mujeres y hombres de quienes jamás sabré su nombre y apellido pero que estuvieron allí, justo cuando los necesitaba.


No se si en otros lugares pasa igual. En este bendito paisito, Uruguay, felizmente sigue ocurriendo. Aquí todavía hay gente que devuelve la billetera que extraviamos, que se toma la molestia de venir desde el otro lado de la ciudad para entregarnos la libreta de conducir que hemos perdido, que te empuja el auto cuando queda sin batería.

Me ha pasado varias veces. Y en la urgencia del momento, pocas veces acerté a preguntarles sus nombres. Seres anónimos que te dan una mano y que apenas si aceptan un “gracias”. Personas con las que en otras circunstancias quizás no hubiéramos intercambiado palabra…

Recuerdo una madrugada que salía de trabajar y el auto no arrancaba. Venía el camión recolector de residuos domiciliarios y dos motos. Me había bajado y trataba de empujar el auto con una mano y con la otra manejaba. Las motos se detuvieron, tres jóvenes se bajaron y uno de los obreros del municipio se les unió. Dijeron: “subite, manejá, sacale el cambio”, empujaron y apenas pude dar unos bocinados como “gracias”.

La última vez fue hace poco, perdidas mi compañera de viaje, su hija y yo, en un camino vecinal desconocido a unos 300 kilómetros de nuestra ciudad. Habíamos ido a hacer una cobertura periodística y al regresar a Paysandú vimos un cartel que indicaba que ocho kilómetros más adelante por un camino vecinal de tierra estaba la represa de Paso Severino (Florida, Uruguay). Si tomábamos ese atajo la distancia hasta la próxima ciudad prácticamente era la misma que por la ruta ya conocida y asfaltada. No lo pensamos dos veces y tomamos por el trayecto desconocido que prometía interesantes fotos.

Había muchas piedras. De pronto, cuando estábamos llegando a una bifurcación del camino –y no sabíamos cuál dirección tomar– mi compañera apagó la radio y frenó diciendo: ¡No, no!

Una afilada piedra pinchó un neumático. El auto en el que viajábamos no era el acostumbrado para estas lides. El cambio había sido hecho poco antes de viajar. No sabíamos si teníamos neumático auxiliar. ¡Había! Pero estaba desinflado.

Saqué el teléfono celular. No había señal y ninguna de las dos tenía experiencia cambiando neumáticos y cuando intentábamos poner un gato para sacar la rueda inservible –puteando una e intentando calmar ánimos la otra– bajo un sol abrasador cuando me incorporé para ver si seguíamos sin señal en el celular y empecé a decir  algo así como ‘vamos a tener que empezar a caminar porque por este camino debe pasar alguien cada muerte de un obispo’ cuando veo que en sentido avanzaba una camioneta blanca a la que de inmediato empezamos a hacer señas, parándonos en medio del camino. Evidentemente, al muchacho que iba al volante no le quedaba otra opción que parar…pero podría no habernos ayudado de la forma en que lo hizo. Era un distribuidor de bebidas que recorría comercios de diferentes localidades de la zona.

Nos dijo que iba hacia un pueblo cercano y que estaba con tiempo suficiente como para ayudarnos. Llevó a mi compañera al pueblo, esperó que inflara el neumático, la trajo de vuelta a donde habíamos quedado el auto, su hija y yo, y nos colocó el neumático con el que llegamos a la represa, sacamos preciosas fotos, regresamos a la ciudad donde almorzamos y emprendimos el regreso a casa en una de las más calurosas tardes del último mes del año 2007. ¿Cómo se llamaba este chico? No le preguntamos. Sólo se una cosa: era uno más de ellos. Un buen samaritano.


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Vida lenta & Papel


Curadora de ideas, trazos y memorias que buscan sentido en lo cotidiano. En un mundo acelerado, elijo la lentitud como resistencia y el rescate de lo efímero como testimonio de vida. Diseñando y escribiendo journals comprendí que el tiempo nos atraviesa y que hoy la tecnología nos permite utilizar algoritmos para expandir los horizontes creativos… Te muestro cómo la IA puede ser herramienta para propósitos analógicos…pero el juicio, el corazón y el trazo final necesitan ser siempre humanos.

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