Caminas por una duna en la costa de Rocha y ves una flor pequeña, resistente, desafiando al viento. Tu primer impulso es arrancarla para guardarla entre las páginas de un libro. Sin embargo, ese gesto, multiplicado por miles de turistas, está alimentando lo que la ciencia denomina Ceguera Vegetal (plant blindness): la incapacidad de notar las plantas en nuestro entorno y considerarlas meros decorados inferiores a los animales.
La biología del sesgo: por qué no «vemos» las plantas
Nuestra visión evolucionó para detectar el movimiento y el contraste antropomórfico, herramientas vitales para nuestros ancestros que debían identificar depredadores o presas. Como las plantas son sésiles y frecuentemente monocromáticas, nuestro cerebro las procesa como «ruido de fondo». Este sesgo cognitivo es peligroso: nos hace ignorar que cada espécimen que arrancamos cumple una función vital en la regulación hídrica, la polinización o la estabilidad del suelo.
El Turismo Regenerativo nos propone un cambio de paradigma: pasar del «no dañar» (sostenibilidad) al «sanar el vínculo» (regeneración). En ecosistemas frágiles como el monte psamófilo, la remoción de una sola piedra o planta puede desencadenar procesos de erosión costera y destruir el hábitat de la microfauna especializada (arenofauna) que vive protegida bajo ellas.
Entonces: ¿cómo atesorar memorias sin dejar cicatrices?
La ética del «souvenir regenerativo»

- Captura datos, no materia: En lugar de arrancar la flor, utiliza el dibujo botánico o la fotografía para alimentar plataformas de ciencia ciudadana. Al ponerle nombre y función a una especie, el «fondo verde» se transforma en una comunidad de individuos biológicos.
- El regalo de lo caído: Recolecta solo aquello que la naturaleza ya ha soltado: hojas secas con texturas increíbles, plumas de aves o trozos de corteza de especies invasoras (como la acacia negra), dándoles un nuevo propósito artístico mientras ayudas a limpiar el monte.
- Historias como tesoros: Registra la sabiduría oral de la gente del lugar. Un relato sobre los usos medicinales ancestrales de una planta tiene mucho más valor patrimonial que el espécimen seco en sí mismo.
Atesorar éticamente es un ejercicio de humildad y también de empatía con el territorio. ¿Acaso no somos custodios temporales de un hogar compartido que debe estar lo mejor posible para quienes vendrán después?







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