En la agitada cadencia del siglo XXI, donde lo digital devora lo tangible, existe un refugio de quietud que los antiguos sabios de Japón ya conocían. No es un lugar físico, sino un estado mental que se alcanza a través de la punta de los dedos y el envés de un pétalo. Se trata de la tríada sagrada de la estética japonesa: el Mono no aware, el Wabi-sabi y su manifestación matérica, el Oshibana.
Como periodistas y documentalistas de la naturaleza, nos sumergimos en esta filosofía no solo para aprender una técnica, sino para entender por qué el acto de prensar una flor es, en realidad, un acto de sanación sistémica y reconexión planetaria.
Mono no aware: El suspiro ante la belleza que se escapa
El término Mono no aware (物の哀れ) se traduce frecuentemente como «el patetismo de las cosas» o «la sensibilidad ante lo efímero». Es esa punzada agridulce en el corazón que sentimos al observar la caída de los cerezos en flor (sakura): una mezcla de alegría por presenciar tal esplendor y una tristeza serena porque sabemos que pronto desaparecerá.
En el arte del Oshibana, el Mono no aware es el motor de la recolección. El artista no cosecha por impulso extractivo, sino por empatía. Al ver una flor silvestre en su punto máximo de turgencia, el practicante reconoce su destino inevitable: la marchitez. Prensar la flor es una forma de «suspirar» con la naturaleza, capturando ese eco visual antes de que se disuelva en el tiempo. No es una lucha contra la muerte, sino un reconocimiento de que las cosas son bellas precisamente porque no duran para siempre.
Wabi-sabi: La oda a la imperfección y el paso del tiempo
Si el Mono no aware es la emoción del corazón, el Wabi-sabi (侘寂) es la mirada de los ojos. Esta filosofía budista Zen celebra lo «imperfecto, impermanente e incompleto».
- Wabi: Representa la belleza de la simplicidad rústica y la humildad. En el prensado botánico, esto se traduce en valorar una «maleza» de la vereda tanto como una orquídea exótica.
- Sabi: Es la belleza que adquiere un objeto con la pátina del tiempo, el desgaste y la maduración.
Cuando prensamos una planta, ocurre una transformación química inevitable. Los pigmentos cambian: el verde de la clorofila puede virar hacia un ocre seco y los rojos intensos pueden volverse púrpuras melancólicos. Un espectador occidental podría verlo como un «defecto», pero bajo el lente del Wabi-sabi, esa oxidación es la historia de la planta escrita en su propia piel. La flor prensada no intenta ser una copia falsa de la viva; asume su nueva identidad como un objeto «venerable» que ha aceptado su finitud.
Oshibana: el puente meditativo del Samurai
La historia nos relata que en el siglo XVI, los guerreros Samurai adoptaron el Oshibana como una de sus disciplinas de entrenamiento mental. Para un hombre cuya vida dependía del filo de una espada, la manipulación de pétalos frágiles era el ejercicio definitivo de paciencia, enfoque y control de la ansiedad.
El Oshibana es la práctica física que une las dos filosofías anteriores. Al sentarse a componer un «mosaico botánico», el artista entra en un estado de mushin (no-mente), donde el ego se disuelve y solo queda la atención plena en el detalle microscópico. Es una terapia para el alma que nos obliga a desacelerar y a superar la «ceguera vegetal», devolviéndole su nombre y su dignidad a cada ser vivo que habita el paisaje.
Arte regenerativo en 2025
Hoy, el Oshibana vive un renacer gracias a pioneros como Nobuo Sugino, quien ha integrado la tecnología de vacío para preservar los colores, permitiendo que estas «cápsulas del tiempo» duren siglos. Sin embargo, el corazón de la práctica sigue siendo el mismo que en el Japón feudal: la reciprocidad.
Al practicar el prensado de forma ética —recolectando solo lo que la naturaleza suelta o utilizando especies exóticas invasoras para limpiar nuestros montes—, transformamos el arte en una herramienta de turismo regenerativo y podemos ejercer una posición ética hacia la naturaleza. Cada página de nuestro diario botánico se convierte en un rastro de nuestra co-evolución con la tierra, un registro de «esperanza activa» que nos recuerda que, aunque todo sea efímero, nuestro paso por el mundo puede dejar una huella fértil de belleza y conocimiento.







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