Parece increíble a veces cómo la tradición oral consagra frases que, por repetidas parecen cobrar autonomía de su contexto original.
En Uruguay es común escuchar decir que algo «quedó en agua de borraja» cuando se diluye la solución de un problema, cuando una controversia queda en el olvido o cuando algún proyecto no se concreta…»Quedó en agua de borraja», significa entonces que se esperaba que pasara algo pero, contrariamente, pasó nada…
Sin embargo, el agua de borraja era un remedio casero utilizado antiguamente –quizá hoy todavía se use, no lo sé– debido a las propiedades emolientes, depurativas, diuréticas y sudoríficas de esta planta. Se la usaba también para combatir catarros respiratorios.
El otro día, en la casa de mi abuela me encontré con esta plantita de borraja. Crece sin cuidado ninguno –vaya a saber cómo escapó a la podadora– sobreviviendo entre el césped del jardín. Mi abuela, que a sus 93 años también ha sobrevivido muchas cosas asegura que por más que la corte, siempre reaparece esa planta.
En plena primavera, lucía sus delicadas y sencillas flores cual corona o premio frente a la larga batalla al olvido y rebosante de ansias de perpetuación.
Ahora, ilustrándome un poco sobre la borraja en un libro sobre «plantas que curan», me entero que su nombre científico es borago officinalis, que en inglés se llama borrage o beebreed, en francés bourrache officinale, en italiano borragine y en portugués borragem.
Largo ha sido el periplo histórico de esta hierba de la familia de las borragináceas, que mide entre 30 y 50 centímetros de altura y tiene un tallo recubierto de pelusa blanquecina (puede observarse en la foto), hojas verdes grisáceas, grandes y ovales y hermosas flores azules con estambres negros.
Dice este libro (*) que las hojas y las flores son comestibles y pueden agregarse a ensaladas ya que poseen un sabor similar al del pepino.
Los griegos solían agregar sus flores a los vinos y otras bebidas alcohólicas, usándolas frescas.
(*) "Plantas que curan", Alejandro Itzik.








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