Como sucede con las mejores conversaciones, mi reencuentro con Líber Falco no fue planeado; fue una consecuencia de la curiosidad y el azar que solo el papel permite. Todo comenzó cuando inicié una búsqueda en Internet sobre las efemérides literarias para este 2026, considerando autores nacionales y extranjeros. Al cruzarme con su nombre y notar que se cumplían 120 años de su nacimiento, una chispa de memoria muscular me llevó directamente a un rincón específico de mi biblioteca.
Hoy te cuento cómo el hallazgo fortuito de un ejemplar de Tiempo y Tiempo de 1966, oculto en el tránsito vital de mi biblioteca, me impulsó a rescatar la historia de Líber Falco y a redescubrir, a través de sus páginas habitadas, que el papel es el único refugio donde el tiempo se deja tocar.
Recordaba que allí, entre lomos fatigados y ediciones que han sobrevivido las mudanzas de domicilio e intereses personales y profesionales, descansaba un ejemplar viejo de Tiempo y Tiempo. Al rescatarlo, sentí el peso del papel envejecido, el aroma dulce de la celulosa oxidada y esa pátina ocre que solo el tiempo sabe pintar sobre las ediciones antiguas. Ésta tiene 60 años. Es un ejemplar de 1966 de editado por Banda Oriental.

Releer a Falco en esta etapa de mi vida ha sido una experiencia radicalmente distinta. Hoy, puedo relacionar estos versos con teorías que provienen del campo de la bibliotecología y la historia del libro y la lectura, herramientas que me ayudan a entender no solo al autor, sino mi propio proceso. He comenzado a mirar mi biblioteca, a menudo abarrotada y silenciosa, ya no como un depósito de volúmenes, sino como un tránsito vital propio. Cada libro es un estrato geológico de quién he sido; un registro de intereses, búsquedas y regresos.
Volver a Falco no fue un acto digital de búsqueda rápida, sino un ejercicio de recuperación matérica. Solo porque volví al objeto, volví a su lectura. Al abrirlo, me encontré con la caligrafía de un dueño anterior y esos pequeños papelitos doblados que marcaban pausas de hace décadas. Ese gesto me obligó a detenerme. Pensé que más allá del aniversario, Falco —que también fue peluquero, el tintorero y linotipista— fue también una especie de artesano de la vida lenta. Su trayectoria vital, forjada en oficios que requieren del tacto y la espera, dialoga perfectamente con nuestra resistencia al «click» efímero.
Motivada por la nobleza de ese ejemplar, decidí profundizar en la biografía del autor, ya no solo como lectora, sino con el rigor de quien busca reconstruir la genealogía de un objeto. Lo que descubrí fue la historia de un hombre que corregía la vida con la misma paciencia con la que corregía las pruebas de imprenta.
El libro físico es el único que nos permite este viaje de ida y vuelta: un archivo digital no envejece con nosotros; este papel sí lo ha hecho, esperando a que mi mirada profesional de hoy se encontrara con la mirada sensible de ayer.
Escribo estas líneas porque este libro me recordó que no somos dueños de los textos, sino más bien sus guardianes temporales. En las próximas publicaciones los invito a dejar de lado la urgencia del reloj y a entrar conmigo en el taller de este artesano del plomo y la palabra. Aplicaremos las algunas herramientas para desentrañar por qué este objeto es, en sí mismo, un poema de resistencia.
¿Y tú? Si abrieras hoy ese libro que te acompaña hace años, ¿qué rastro de tu ‘yo’ pasado encontrarías olvidado entre sus páginas? Nos leemos.







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